Son varias instancias que me maravillaron, y cuyo fondo sirvió de mucha reflexión para mi alma.
Vi a aquellas pequeñas llorar, y mil y un sentimientos afloraron recorriendo todo mi cuerpo. Recordé tiempos antaños, donde mis ojos las derramaban buscándole una explicación a la lucha entre excitación , nerviosismo y miedo que bailaban por mi mente, pues nunca antes lo viví, y tal como estas niñas, me vi forzada a caminar por un sendero de incertidumbre. Recuerdo que me inundaba la confianza de la experiencia pasada, cuando debía hacerme amigos por obligación, pero ahora sé que siempre fui, soy y sere una chica timida, pese a todo lo que he vivido. Ciertamente debo admitir que las pequeñas me hicieron comparar mi realidad. Ítem de ganas de volver a encontrarlas.
Cuando ellas lloraban, las observaba con mis manos atadas a mi espalda, por propia decisión, claro, para no interrumpir sus momentos que recordarán como lo hacía yo en ese instante. Lloré, si, pero después, a solas. Pues mi mente seguía vagando irremediablemente por los caminos torpemente inmortalizados en mi mente, ya nebulizados por el pasar del tiempo. Entonces segui observando el avance de los años, y encontré mas instantes de desazón y angustia, pero muchos de ellos, y en su mayoría, iban arraigados a la partida de algún compañero que lentamente fue transformándose en hermano querido. Hoy muchos están lejos, mas lejos de lo que algún día pensé que sucediera.
Sigo pensando en mi camino, desde el día de mi peregrinación a un mundo más complejo, responsable, y a veces más aburrido. La adultez. Y por un instante, las envidié.
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