miércoles, 29 de febrero de 2012

Débil

Me puse a recordar instantes.
Me puse a saborear momentos.
Instalando sus roces en mi mente como minutos perfectos.
Antes de darme cuenta de lo que me sucedía descubrí que lo amaba hasta rallar en la locura.
Descubrí que cada vez que lo miro a los ojos, inevitable e irrevocablemente mi cuerpo luchará con mi sentido común, evitando la mayor parte del tiempo, saltar a sus brazos y besarlo tiernamente.

Mi vida a sido un sinfín de lamentos y preocupaciones, pero sus ojos me enseñan otro mundo, en el cual solo existe un solo cuerpo, y pierdo el control nuevamente…
Últimamente asi me la paso todo el día. Es por esto que solo pensar en el adiós a esta rutina me enloquece lentamente el alma y mi corazón estalla en mil latidos imposibles de controlar. Y al final, se genera lo inevitable de mi realidad: las lagrimas corren solas y lentamente, como riéndose de mi debilidad.

Es la debilidad de no permitirme un hilo de esperanza y callar ante la resignación que se va asomando poco a poco a medida que transcurren los días.

Es entonces cuando las lágrimas se convierten en algo directamente proporcional a la resignación y asumo la realidad de los hechos: me iré lejos, y quiera o no quiera él también lo hará. No habrá tiempo para aquellos instantes tan amados por mi.

Por eso recuerdo tanto en estos días: su mano recorriendo mis piernas suavemente, acariciándome hasta que el sueño se rinda a sus ganas de tocarme, y soy feliz. Pues con solo un gesto de cariño mínimo que él me otorgue, es un mundo que me regala instantáneamente. Y una sonrisa en respuesta a mis estúpidas respuestas es para mi el motivo suficiente para asegurarme día a día que él es el hombre que he esperado toda mi vida, y sé que si no esta junto a mi mientras ésta dure, no tendría motivos para emocionarme ante una caricia somnolienta, de esas que me entrega sin esperar nada a cambio.

Tanto creo en ti…que en mis pensamientos, sueño hasta despierto la luz de los dos.